Sócrates sentía especial predilección por la frase “conócete
a ti mismo”, pues creía que sólo podía llegarse al auténtico conocimiento a
través del autoconocimiento. Y no le faltaba razón, pero esa frase no hace
justicia a la dificultad del cumplimiento de la misma.
Conocerse a sí mismo es sumamente difícil, es algo que vas
consiguiendo con el paso de los años. Es un procedimiento engañoso y
escurridizo, pues en muchas ocasiones creerás haber llegado al final cuando en
realidad vuelves a estar al principio del camino. Es perjudicial, pues nunca
sabrás qué quieres o deseas realmente, siempre te dejarás llevar por lo
moralmente correcto. Y es doloroso, pues por ese desconocimiento de ti mismo
perderás cientos de oportunidades y cosas que realmente merecían la pena. Y
todo esto no es más que un supuesto, el supuesto de que quieras conocerte, ya
que no todo el mundo se para a pensar en quién es.
Nos asusta conocernos, reconozcámoslo. No queremos saber qué
hay dentro de nuestras cabezas, sabemos que hay cientos de cosas que no
controlamos. Hay deseos reprochables, inconfesables. Hay recuerdos
terroríficos, recuerdos que explican el por qué de cómo somos, de cómo
actuamos, de lo que buscamos en la vida inconscientemente. Hay, en definitiva,
esencia. Nuestra esencia, la esencia de lo prohibido.
Es complicado
saber si nos parecemos a lo que realmente somos o deseamos ser. Nadie es como en su razón está escrito (por suerte o por desgracia), y es por eso que en
muchas ocasiones nos preguntamos si somos felices sin saber finalmente la
respuesta. Y, como siempre digo, es muy difícil hablar de algo sin recurrir a
la experiencia, por tanto hablaré desde mi razón, desde mi esencia.
A lo largo de
la vida se van tomando diferentes caminos, normalmente con lo que crees en ese
momento que te va a hacer feliz. Hay caminos mejores y caminos peores, como
todo en esta vida. Caminos tortuosos, pedregosos, angostos, llenos de errores,
rencor y resentimiento, y hay caminos anchos, llenos de rosas blancas con muy
pocas espinas, largos pero fáciles de recorrer. Cada vez que terminas uno (o
que lo abandonas a la mitad) hay algo en tu esencia que cambia. Muta, se adapta
a la nueva situación en la que te encuentras. Puede alejarse o no de su razón
verdadera, pero cambia inevitablemente. Y así va sucediendo repetidas veces,
una tras otra, aprendiendo o no de los caminos que vas superando… hasta que
llega uno. Uno que sí te cambia, uno que tú notas que te ha cambiado. Te
preguntas entonces si te acercas a tu esencia, si eres esa persona realmente,
pero aún te cuesta llegar a la conclusión que deseas obtener.
Finalmente hallas
la respuesta casi sin quererlo, casi sin haberte parado a buscarla entre los pétalos
blancos. Y lo afirmas, lo afirmas porque estás sonriendo, porque no tienes ninguna
duda. Porque huele a coco y a lavanda, y todo tu horizonte está lleno de rosas,
de rosas especiales, de rosas blancas.
Sin detenerte,
sin alterar tu ritmo, sonríes mientras afirmas “vuelvo a ser yo misma”, y
continúas tu camino.
Si
por algo se caracteriza esta sociedad es por la inseguridad. La historia nos ha
castigado severamente por los errores cometidos (que no han sido pocos) y ya
nacemos con esa inseguridad como si la llevásemos en los glóbulos rojos, junto
al oxígeno. Es propia de nosotros, de nuestra forma de ser, de nuestra
personalidad y día a día.
La
inseguridad es una de las peores cualidades que se puede poseer. Es cobardía,
es falta de confianza en uno mismo, es miedo al fracaso. Y todo esto, en muchas
ocasiones, radica en la falta de autoestima. La autoestima es mucho más de lo
que puede verse por fuera, mucho más que un físico y una cara bonita. Tiene que
ver con el aprecio a uno mismo, con la crítica a todo lo propio, con el dolor…
Sí, el dolor, porque no hay nada peor que el auto desprecio, que no valorar ni
ser capaz de ver lo bueno propio. Y esto es porque, en realidad ¿quién nos
conoce mejor que nosotros mismos? ¿Es posible pretender que alguien te quiera
si no te quieres tú primero? Resulta difícil creer que alguien valore ciertas
cualidades que tú consideras no tener.
Y
todo esto procede a su vez del principio, de la sociedad. De los valores e
ideales que desde siempre se nos han inculcado. Del hombre fuerte y valiente,
macho, que nunca llora, y de la mujer delicada, servicial, delgada y perfecta.
Nos sentimos fuera de lugar cuando no poseemos todo lo que la sociedad ha
dejado impuesto, sin darnos cuenta de que es imposible alcanzar la perfección
que se espera de nosotros. Cada cual es imperfecto a su perfecta manera, con
sus fallos y sus virtudes, siendo el peor en ciertas cosas y el mejor en otras,
sabiendo querer o no, sabiendo creer o no…
La
perfección no existe, es preciso dejar de engañarse. Es necesario acabar con
esos modelos impuestos, con esa chica delgada y ese chico fuerte. Tomémonos un
respiro y seamos lo que queramos ser. Tomemos oxígeno y preparémonos para
equivocarnos, que es al fin y al cabo lo que mejor se nos ha dado siempre.
Seamos humanos, imperfectos e incorrectos, pero humanos.
Una vez me preguntaron por lo que venía a mi cabeza al pensar en la
palabra ‘amor’. Pensé en cientos de sensaciones relacionadas con el sentido de
la vista. Pensé en unos ojos en los que verme reflejada, en una gran y
protectora espalda, en unos labios carnosos que desease besar... Pensé también
en el sentido del tacto. Unas manos suaves y hábiles, unas manos que supiesen provocar
en mi cientos de sensaciones. Pensé en vello erizándose, en caricias con la
yema de los dedos, en lenguas que investigan cuerpos. Pensé en sabores. En menta,
gel, sudor producto de la excitación, saliva dulce, saliva más amarga… Pensé en
sonidos. En gemidos, en ese tono suave que acompaña a una voz que susurra un ‘te
quiero’. En risas, en sollozos producto de lágrimas (que más tarde volvería a
convertir con todo mi empeño en risas). Y pensé en olores. Los más especiales
para mí, los que más dicen de cada situación. Pensé en muchos, en cientos de
olores quizás. En olor a champú, canela, fruta de la pasión, sexo, nata, fresa,
vainilla… Inundaban mis fosas nasales, mi pensamiento.
Creía que tenía todos los ingredientes claros. Conocía
sensaciones aisladas, sentidos por separado, imaginación en estado puro al fin
y al cabo… Pero no sabía nada en realidad, desconocía la práctica tras la
teoría. Y un día, un inesperado día, la luz me cegó. Y no solo afectó a mi
sentido de la vista, nubló por completo todos mis sentidos. Dejaron de trabajar
tan individualmente y pasaron a ser uno, y a la vez varios. Comenzaron a
interconectarse. Perdí el rumbo, la razón, la conexión, el orden. Comencé a
oler caricias, a oír sonrisas casi antes de que apareciesen, a ver palabras de
amor y a tocar el mayor sentimiento de todos.
Todas esas sensaciones unidas formaban una maravillosa macedonia.
Equilibrada, fascinante, una que era capaz de nublar mi mente, una que
conseguía que olvidase al mundo entero. Era adictiva. Blanca, de coco, de canto
de pájaros, de amanecer, de puesta de sol. Todas esas sensaciones ofrecían un
destino. Un limbo, un lugar celestial. Un lugar que, aunque solo se nos permite
rozar con la yema de los dedos, invita a luchar por residir en él. Me da miedo
decir su nombre, dicen que si dices lo que deseas ya no se cumple, y
aunque haya estado varias veces en ese lugar jamás dejaré de desear volver. No
sé expresar con palabras el camino que lleva a ese cielo, solo puedo decir cómo llegue yo,
solo puedo hablar de mi experiencia personal.
La última vez que yo llegué a ese cielo estaba en sus
brazos.
Anoche soñé con él. Soñé que estábamos en una amplia
habitación, con una gran cama nido presidiendo el centro. Estábamos bajo unas
sábanas lila suaves, pero no más suaves que el roce de su piel, que la caricia
de sus manos, que los cientos de ‘te quiero’ susurrados… Nos besábamos, no
parábamos de besarnos. Como dos partes de un todo, como dos almas que necesitan
estar juntas, como un ventrículo que necesita desesperadamente a su aurícula.
Tengo ganas de decirle que no se vaya, que se quede esa noche conmigo, que no
me abandone jamás. Pero tengo tanto miedo… Miedo de romper el momento, miedo de
que le disgusten mis palabras, miedo al rechazo, miedo al abandono. Por ello
callo y disfruto, me pierdo en sus labios, en los pequeños mordiscos y en sus
preciosos ojos. Y de pronto, dejándome totalmente desconcertada, desaparece. Se
ha ido, se ha esfumado, ha volado sin dejarme de recuerdo ni una sola de sus
plumas… Y yo yazco aquí sola, desnuda, sin ventrículo, sin alma. Mi pecho
parece desgarrarse. Tengo ganas de arrancármelo, de despojar mi ser y mi
corazón de mi cuerpo. De volar en su busca. De derramar lágrimas sin un sentido
claro. De no querer a nadie más. De dejar de sentir, de ver, de oír, de
soñar…
Y despierto en mi cama
incorporándome bruscamente, bañada en sudor. Sollozo e intento tranquilizarme,
recordándome que solo ha sido un sueño. Pero no, no solo era un sueño. Era la
realidad disfrazada de pesadilla, que se ha filtrado en mi mente y ha aprovechado
su información para burlarse de mí. Me miro las manos, que temblorosas son
incapaces de calmar mis nervios. No, él ya no está conmigo. No estaba soñando,
era mi realidad que ha decidido torturarme, privarme de mi descanso, de mi
tiempo sin lágrimas. Que ha decidido convertir en pesadillas lo que antes eran
sueños reales, sencillos... Lo que antes eran sueños perfectos y felices con
él.
Y no me queda más que volver a dormirme, dejar que pasen
las horas y esperar a que la luz del día sea quien me proteja. Tiemblo pues, al
pensar en que apenas quedan horas ya para que sea de nuevo de noche, para estar
de nuevo sola con mis pensamientos, para estar a merced de mi cabeza y su
maldita persistencia en destruirme por dentro. Y antes de caer en un sueño
oscuro y voluble me doy cuenta de algo: en el olvido, como en el dolor y el
amor, el peor enemigo es uno mismo.
Era un pequeño corazón, uno muy frágil, extremadamente fácil
de romper. Funcionaba con un simple mecanismo de activación, y con otro aún más
sencillo de avería.
Que deciros sobre el primero. Creo que es el más conocido,
el menos utilizado y… el más mortal. Consiste en conectar tu corazón a otro de forma
que tus dos aurículas y tus dos ventrículos latan con el fin de mantener con
vida al otro corazón, pretendiendo obtener exactamente lo mismo del otro
miembro. Una especie de asociación simbiótica, se podría decir. ¿Qué ocurrió?
Muy sencillo, uno de los corazones fue desconectado y decidió funcionar por sí
mismo, de modo que nuestro pequeño corazón se quedó solo y sin fuerzas para
continuar con sus latidos. Y es precisamente en éste punto cuando entramos en
el segundo punto, la avería, donde también se pueden apreciar varios grados de
gravedad. Algunos se resuelven con una simple reparación de conexiones, quizás
unas cuantas medicinas, drogas…
Pero ninguna de estas soluciones curaba a nuestro pequeño
corazón, que tenía cada vez menos energía y aún menos ganas de continuar
latiendo. En la sala de espera de un hospital cualquiera solo se oían sus
latidos, a veces frenéticos, otras prácticamente inaudibles. Bum, bum. A su alrededor sienten cierta
pena por él, todos comparten la misma opinión: Está a punto de morir.
Le propusieron un corazón nuevo, uno compatible con su tipo
de sangre. Uno con quien rápidamente entablo amistad y que le propuso dicha unión. El candidato
estaba más que dispuesto, pero nuestro pequeño corazón le rechazó. Bum, bum. El sonido era cada vez menos audible.
El médico no entendía su decisión, él se limitó a
contestarle en voz baja, casi tan baja como el latido de su corazón. “Nunca jamás me conectaré a otro, nunca jamás volveré a amar. Y podría ¿sabes?
Porque fui creado para ello, pero haciéndolo renegaría de todo lo que he
sentido a su lado, y me niego. Le amaré siempre, aunque él ya no esté. Aunque
muera solo y cada latido sea un tormento. ¿Y sabes por qué? Porque estoy convencido
de que no hay mayor felicidad que aquella que sentí a su lado”.
Finalmente, la sala se quedó en completo silencio.
Putos cigarros-piensa mientras tantea dentro de la cómoda en busca de la cajetilla-cuanto más mono tengo más parecen esconderse.
Aun es pronto, las 8 de la mañana de un domingo tan aburrido y oscuro como otro cualquiera, y se dirige al balcón mientras va sorteando el hilo de ropa que va desde la puerta de entrada hasta la de su habitación. Nada más abrir la puerta un escalofrío recorre todo su cuerpo, había olvidado que estaba en ropa interior. Pero ni siquiera le da importancia, sale y disfruta encendiéndose su cigarro mientras el vello de todo su cuerpo manifiesta el brusco cambio de temperatura. La luna ya ha desaparecido y es de día, pero el domingo se presenta bastante apagado y lúgubre, en cierta forma como su propia vida. La cabeza le da vueltas, anoche se pasó bastante con la dosis de alcohol. Intenta hacer un pequeño ejercicio de memoria: Qué bebió, con quien estuvo, si hubo algún acontecimiento destacable… Y se detiene. No, sabe que no encontrará nada diferente al resto de sábados. Como siempre, bebió mucho más de lo que debía. Como siempre, bailó como una loca y tuvo más que palabras con también más de un hombre. Y, como siempre, sabe que en su cama hay alguien desnudo y roncando de quien apenas puede recordar su nombre. Su vida está vacía, se basa en intentar olvidar sus penas jugando con hombres. Una especie de venganza, piensa ella para justificarse, por todo el daño que los hombres la han hecho a lo largo de su vida.
Inmediatamente, siente un escalofrío recorrer su columna y las imágenes inundan su mente. Ayer tenía pensado volver a casa sola, pero algo sucedió en el último bar. Le vio, el protagonista de sus pesadillas. El responsable de su dolor, venganza y sufrimiento. La reacción lógica y sensata hubiera sido ignorar su presencia y abandonar el bar, pero ella nunca fue ninguna de esas dos cosas. Le observó durante un rato, poniendo especial atención a sus ojos. No habían cambiado, al igual que él tampoco parecía haberlo hecho. Allí estaba, cubata en mano izquierda, rubia deslumbrante en mano derecha. Nada que pareciera sorprenderla, por supuesto, por lo que tampoco lo hizo su reacción. Se le encogió el estómago, esa extraña sensación de celos invadió por completo su organismo cual morfina. Aún le amaba. Qué tontería, y que tonta era por haber permanecido en aquel lugar. Un hombre irrumpió sus pensamientos para invitarla a una copa. Ambos sabían que no iba a rechazar, ella tenía cara de necesitarlo. Poco tiempo tardaron en pasar del ron cola a la cama, quería olvidarlo todo por una noche. Otra más que lo intentaba, y otra más que por supuesto fracasaba.
Enciende otro cigarro cuando la puerta del balcón se abre. Aparece Carlos, nombre que acaba de recordar, para despedirse y darle su número. Carlos no lo sabe, pero ella no tiene ninguna intención de llamarle. Encontrará a otro, otro con el que intentar ahogar sus penas. Intentarlo, porque jamás lo consigue. Siempre va a tener sus ojos metidos en la mente, es algo a lo que se ha resignado ya. Él es especial, más de lo que cualquiera de sus rollos de una noche puede llegar a intuir. Le dio todo, lo que pidió y lo que no, y él a cambio la engañó. Volvió a pedirla perdón y ella le perdonó incontables veces, y él siempre desaprovechaba segundas oportunidades. Irónico en cierta forma, y muy injusto. Por él lo perdió todo, se perdió incluso a sí misma. Ya no le queda nada, está totalmente sola. El amor es una mierda-piensa-yo era mucho más feliz antes de conocerle. Y es cierto, él hizo que se consumiera poco a poco, exactamente igual que su cigarro.
Ve a Carlos alejarse de su edificio y a la vez de su vida, y da una larga calada para no poder ver nada más que el humo. Piensa en prometerse que cambiará de vida, pero se ríe ante la sola idea. Sabe que no lo cumplirá, como no lo ha hecho en cientos de ocasiones anteriores. Sabe que seguirá siendo la misma, viviendo la misma mierda. Con los mismos vicios, las mismas obsesiones y el mismo gato persa haciéndola compañía. Es su vida y normalmente la odia, pero los pocos minutos de anoche en aquel bar fue un poco más feliz. Sabe lo que quiere hacer, sabe a quién acudir. Sabe lo que pasará, como pasará y cuando pasará. Alcanza su móvil y marca el único número a parte del suyo que se sabe de memoria.
Quiero verte-dice casi en un susurro-ahora. Ni siquiera hay respuesta, sabe que en pocos minutos sonará el timbre. Ni siquiera piensa en cambiarse, es él. El dueño de esos ojos que la tienen loca, de esa sonrisa que no puede olvidar. ¿Que si sabe que es estúpida? Lo sabe, pero está enamorada, por lo que es prácticamente un sinónimo de diccionario. Ya se arrepentirá cuando él se vaya, esté sola de nuevo y lo único que pueda sentir es su inconfundible olor llenando su cama.
Llaman al timbre, ella se incorpora para abrir la puerta. Se acerca y gira el picaporte, encontrándose al otro lado con dos ojos felinos. Hay deseo y amor, una mezcla más peligrosa que la pólvora. Explosionan con un feroz beso, seguido de una rápida carrera hacia el dormitorio. Y así son todos y cada uno de los domingos de su vida, seguramente el momento más feliz de toda la semana. Un momento de sentir, de dejar los pensamientos a un lado. De gritar de placer y de olvidar las dolencias del corazón. Un momento en el que, sin temor a sentirse incómoda o rechazada, puede susurrarle al oído cuando le ama.
Para un pueblo como el mío, éste está siendo uno de los veranos más calurosos que recuerdo. Las clases terminaron hace poco más de un mes y la gente pasa los días enteros en la piscina, otros en la playa… Pero yo prefiero malgastar mis días de otra forma, y digo malgastar porque nadie acaba de entender mi amor por la pintura. Hoy técnicamente no es un día diferente al resto, pero hay algo dentro de mí que susurra “sí, hoy es el día”… Cuánto odio esa voz interior.
Me apresuro a guardar los pinceles y demás instrumental en mi bolso y salgo por la puerta de mi pequeña y vieja casa sin prestar atención a lo que dice mi madre. Ya no tenemos demasiada comunicación, he de admitir, desde hace cosa de un verano…
Desde que mi memoria alcanza he pasado los veranos en este pueblo y a pesar de mis 16 años esto sigue sin cambiar. Cuando era más pequeña pasaba los días jugando con mis amigos de aquí, de sol a sol prácticamente… Eran buenos tiempos, no hay duda. Pero nada comparado al verano pasado. Hubo noches de descontrol, cientos de maravillosos recuerdos, muchos labios… Pero ningunos como los suyos. Él era tan… Especial.
Sin darme cuenta he llegado ya al lago del pueblo, que gracias a la hora (creo recordar que al salir de casa eran las nueve) ya no hay ni pescadores ni bañistas. Me apoyo contra el árbol de siempre y preparo el lienzo y los pinceles para plasmar la apuesta de sol que se avecina. El cielo ya empieza a ponerse de color rojizo, pero aun me quedan varios minutos antes del momento que ansío. Y, mientras contemplo como el cielo empieza a sumirse en un mar de fuego, comienzo a llorar. Hoy hace un año exacto que se fue para siempre, que me dejó tirada en este mismo árbol y arrojó todas mis ilusiones al lago. Éste lago me conoce, comparte mis lágrimas. Sé cuánto le duele, él nos vio aquel verano. Vio nuestros besos, brilló antes sus hermosas palabras, veló por nosotros, acompañó nuestras caricias… Desde que he vuelto al pueblo este verano he pasado aquí todas las puestas de sol. He contemplado una y otra vez la misma escena que contemplé aquel día, albergando la esperanza de que él aparezca y me acompañe, de que sujete el pincel junto con mi mano y ambos retratemos como el sol se pone para dejar paso a nuestros labios. Pero nunca sucede, y yo pierdo la esperanza. Me juré que volvería hoy por última vez, como última oportunidad para él y, supongo, para mí misma. Era el momento, el momento en el que yo debía deslizar mi pincel teñido de magenta sobre el lienzo. Mis dedos no respondían a órdenes de mi cerebro pero tampoco se movían a su antojo, seguían los dictados de mi corazón.
El sol desapareció en el horizonte dejando en su lugar un cielo color rosáceo que pronto se convertiría en negro y se llenaría de estrellas. Él no había venido, eso es algo que yo debía asumir. No sabía si estaba preparada para vivir sin esperanzas, pero sabía que podría vivir sin él. Me alejé lentamente de aquel árbol, prometiéndome que no volvería a acercarme nunca más por mucho que me doliese.
Y allí, bajo el cielo estrellado y bajo el árbol que les vio enamorados, yace un lienzo que poco tiene que ver con colores rojos y rosas. Yacen ellos, un día cualquiera de verano, de la mano y caminando cerca del lago. Sin preocupaciones, enamorados y felices, tal y como ella siempre les recordará. Viviendo un sueño que fue una vez, pero que nunca jamás será.
Nadie dijo que el amor fuera fácil. O espera sí, sí nos lo dijeron. Desde pequeños nos hacían creer que el amor es sencillo, que nos hace volar y sentir que podemos tocar la felicidad con la punta de los dedos. Éramos pequeños y lo creíamos, pero admitamos que cuando somos mayores seguimos teniendo la esperanza de que esto sea verdad.
El amor es una de las mejores experiencias que hay, estoy segura. Pero también estoy segura de que hacer paracaidismo es mucho más seguro que enamorarse. Al menos tienes un paracaídas que con solo tirar de una anilla te rescata de una muerte segura. Pero ¿y el amor? ¿Dónde está la anilla? No la hay, el amor es peligroso. Peligroso, complicado y extremadamente frágil. De la misma forma que vino puede irse sin que se pueda evitar. Es cierto que cuidar el amor es importante, pero en ocasiones no basta con eso y lo perdemos todo. Y duele…
El desamor, cuantos escritores han intentado hablar de él. Tantas metáforas, tantas fábulas, tantas advertencias… Y ninguna de ellas vale una mierda. Una ruptura no se puede explicar con palabras, es algo que se siente. Algo que te raja el alma, que te quita la respiración, que te consume poco a poco la vida… Pero se puede superar, porque lo bueno que tiene el desamor es que sí hay una anilla que nos rescata: el tiempo.
¿Cuál es el sentido de todo esto? Ni yo misma lo sé, el desamor es un tema que siempre se me escapa de las manos a pesar de haberlo vivido. Recuerdo cada uno de los momentos de aquellos meses de soledad. Cada noche en vela, cada recuerdo que no me abandonaba, cada sonrisa sustituida por lágrimas. También recuerdo hacerme fuerte, luchadora. Aprender a vivir mi vida de nuevo, comenzarlo todo de cero. Pero, ahora que ya hace mucho tiempo de aquel dolor, me siento orgullosa de haber aprendido una valiosa lección: Nada es para siempre. El amor nos hace madurar como personas. Cada mala experiencia nos prepara para la vida, pero ¿y las buenas? Porque aunque luego haya dolor, el amor es algo maravilloso…
No recuerdes lo malo, recuerda los buenos momentos que te hicieron feliz. Continúa tu vida, sonríe y cuando mires atrás no olvides una cosa: Te quiso y eso no te lo va a quitar nadie.
Soñé que volaba. Volaba por encima de la ciudad, de las personas. De los coches, de los semáforos y de los insultos. De las parejas que se besan, de las madres que pasean con sus hijos. Por encima de los problemas. Y no recuerdo haber sido tan feliz jamás. Dueña de mi vida, de mis actos. Que si me hubiera apetecido irme a Londres volando, cojo y vuelo, sin pensarlo. Pero no me apetecía, solo quería volar. Sentirme como Superman antes de salvar la ciudad. Libre. Sin nadie que me prohíba, que me ordene o me someta. De pronto, al intentar atravesar una nube caigo al vacío. Me siento angustiada, un terrible dolor me atraviesa el pecho. Quiero caer ya y estamparme contra algún coche, me duele que sea la gravedad quien me controle. Antes de tocar el suelo despierto en mi cama bañada en sudor. Intento centrar la vista y entender que acaba de pasar. Era solo un sueño, uno maravilloso. Entiendo que se ha acabado, que no puedo volar. Que no podré sentir nunca esa sensación del aire golpeando mi cara, ni sentir que mis manos controlan la dirección de mi vuelo. Lo asimilo y comienzo a sollozar. Me siento como un bebé recién nacido que llora al salir del útero de su madre. Ya no tengo la protección que el sueño me proporcionaba, ahora mismo no tengo nada. Solo tengo mi vida, la dolorosa vida real. Llena de sueños no realizados y de planes que nunca se realizarán. Llena de esperanzas imposibles de hacer realidad, y de sufrimiento. Ya no puedo volar, solo caigo. Caigo al inevitable vacio que es la existencia.
Miro el reloj, sé que es hora de volver a la completa realidad. De volver a sentir como caigo desde las nubes. De sentir esa horrible presión en el pecho… Pero lo asimilo y me levanto. Me miro al espejo y veo que soy igual que siempre, la misma persona que se puso el pijama y se metió en la cama anoche. Y ahora, mientras me preparo para mi interminable día solo pienso en que éste acabe. En volver a meterme en la cama y soñar con volar, con Superman y con que tengo mi vida en mis manos. Soñar con que yo decido qué hacer con ella. Soñar con ser feliz.
Presioné el botón verde que se encontraba en el lateral de las puertas y éstas se abrieron, permitiéndome el paso. Como normalmente acostumbraba a hacer, me senté en uno de los sitios libres al lado de la ventana. Siempre me ha gustado viajar observando el paisaje. De esta forma me siento más libre, menos encerrada. Saqué un libro, no recuerdo cuál era exactamente, pero partiendo de mi predecible gusto literario podría asegurar que sería algo romántico o quizás poético. Alternaba la lectura con la contemplación del precioso crepúsculo que se me presentaba ante los ojos, nada fuera de lo común. En realidad todo en aquel viaje era bastante común, incluso rutinario, pero algo cambió el curso de las acciones de pronto.
Dos estaciones después de la mía, una pareja entró en el vagón y se sentó en los asientos contiguos. Francamente, sin que ellos articulasen palabra, me llamaron la atención. Él era muy apuesto, atlético y con una gran sonrisa de oreja a oreja. Mientras que ella… Apagada. Esa palabra la define bastante bien. Pálida, mirada perdida, grandes ojeras alojadas bajo sus ojos… Me preocupó incluso su estado de salud. Tenía miedo de que en cualquier momento alguien tosiese y ella se contagiase al instante o saliese volando… Muy frágil.
Intenté concentrarme de nuevo en mi lectura y conseguí sumergirme en ella durante un buen rato hasta que el móvil de la chica sonó. Por el tipo de tono, deduje que sería un mensaje e intenté concentrarme de nuevo en la lectura. Me fue imposible. La mujer leyó el mensaje apresuradamente y, cuando se dispuso a guardar el móvil, el chico se lo arrebató de las manos. Se tomó un minuto para leer el contenido y a continuación la propinó un tortazo.
Me quedé helada. Todo el vagón se quedó helado, congelado, suspendido en el tiempo. Miré fijamente a la chica; como sus ojos se llenaban de lágrimas y su mano derecha rozaba su mejilla mientras que la izquierda se mantenía en guardia. El hombre maldecía una y otra vez, la dedicaba palabras que supongo mi cerebro ha querido olvidar y realmente se lo agradezco… Y, de pronto, me miró.
-¿Tú qué? ¿Quieres otra? Malditas zorras.
Mi corazón empezó a latir a toda velocidad, creo que todo el vagón podía oír sus latidos desbocados. Yo no era una persona valiente. Era una de esas personas que se escudan tras su inteligencia y sus palabras bien cohesionadas. Pero esta no era una de esas ocasiones. Aquí hacían falta agallas, algo de lo cual yo carecía. No sé cómo, ni de qué forma, pero ese día las encontré.
-No tienes derecho a hablarme así. Ni a mí ni a ella.
Se tomó un momento para contestar.
-¿Y desde cuando las zorras tenéis “derechos”?
Alzó su mano frente a mí, amenazándome. Ella intentó murmurar algo, supongo que para defenderme, y él se volvió para ensañarse de nuevo con ella. Permanecí allí, clavada en el suelo, viendo como aquella mujer sufría un golpe tras otro. Barajé las dos posibilidades que se presentaban en mi cabeza. Ayudarla o huir, estaba a punto de llegar a mi parada. La miré. Vi el terror en sus ojos. La pena, la infelicidad. Vi el final del crepúsculo reflejado en sus ojos y presioné el botón verde.
Nota de la autora: El siguiente relato está inspirado en un tema muy actual y relevante de nuestra sociedad actual. El conocido 'bullying' es una terrible forma de maltratar física y psicológicamente a los niños y adolescentes, y normalmente se lleva a cabo por sus propios compañeros. Con este relato he pretendido ver que hay más allá de ese maltrato diario. En pocas palabras, he aquí un texto en el que se cuenta aquello que nunca llevamos a saber: Las consecuencias de este maltrato, en ocasiones terribles. Solo espero que os guste y que, sobretodo, os ayude a reflexionar tanto como en su momento me ayudó a mí.
El metro. Ocho y cuarto de la mañana, en plena hora punta. Linea azul, la más utilizada al ser la que atraviesa la ciudad de punta a punta. Y ella, tan insignificante como se cree, entre más de 150 personas que caminan a la deriva sin conocer a veces sus propios destinos. Mientras espera a que el tren llegue, se mira en el pequeño espejo redondo que cuelga a un lado de un gran poste que dice “no adelantarse a la línea amarilla”. Piensa que sería una buena idea hacerlo. Una muerte rápida, poco dolorosa supone. Sería una fácil solución a sus problemas, aunque quizá tampoco lo sean tanto. En aquel espejo se ve como siempre. Pequeña, vulnerable, indefensa... y gorda. Lo mire por dónde lo mire, la imagen no se puede negar. Piensa mil y una maneras de distraer a la gente para poder tirarse a la vía sin impedimentos, pero decide que quiere una muerte que no levante tanto barullo. Antes de que la de tiempo a llevar a cabo alguno de sus planes descabellados, el tren llega igual de tarde que siempre, tres minutos concretamente.
Se levanta pesadamente y camina cabizbaja hacia la ya llena cabina. Por un momento cree que no la dará tiempo a pasar y que su cabeza quedará atrapada en la puerta. Sonríe de forma macabra ante la idea. Un niño la observa con curiosidad, y en el fondo algo de miedo por su terrible aspecto. Su madre le llama le atención disimuladamente, pero el niño no parece escucharla. No obstante, ella si se ha dado cuenta. Cree que su cara es lo suficientemente horrible como para asustar a un niño pequeño. Siente náuseas, por otra parte totalmente psicológicas, que consigue controlar.
Muchos pasajeros la observan con curiosidad. Unos se preguntan la razón de que a la juventud de hoy en día le guste estar tan delgado, aunque todos se corrigen utilizando el adjetivo escuálido. Otros simplemente sienten lástima por la pobre chica, y se les ocurre pensar que su novio la ha dejado, o alguna tontería sin importancia de adolescentes. Nadie sabe hasta que punto esto es imposible.
Ella nunca ha tenido novio, ni tampoco amigos, ni amigas. Desde bien pequeña ha estado sola, acompañada de su propia soledad. Ella no es fea, ni muchísimo menos. Es alta y morena. Tiene unos ojos castaños claros color miel y su sonrisa deslumbra a todos, sin excepción. Pero ella ya no tiene sonrisa. Se la han arrebatado. La han humillado y degradado hasta el extremo. La han tirado y pisoteado como si de una colilla se tratase. Pero ella nunca se defendió. Cree que es débil, y en realidad lo es. Y la culpa quizá sea suya, pero a la vez tampoco lo es.
Todo es complicado, su vida entera es complicada, pero todo ha terminado.
La voz mecánica anuncia la nueva parada, parada en la que ella dispone a bajarse. Antes de atravesar la puerta se tropieza en numerosas ocasiones, y decide salir corriendo antes de ver como la gente se ríe de ella. Una vez más. Una de tantas otras. Una rutina terrible. Expulsa esos pensamientos de su mente y decide fijar en su lugar su destino. La montaña. Se metió esta mañana en la mochila aquellas botas viejas que tanto detesta. Realmente las odia. Son aquellas que llevó en la excursión en la que la empezó a gustar Marcos, y también fue aquella en la que Marcos la pegó y la llamó gorda. Esa fue la primera, la primera vez de tantas otras. Por un momento cree sentir una lágrima escapándose de su ojo izquierdo. La detiene al instante. La para antes de que cientos de ellas la sigan en su camino hacia su barbilla, su camiseta, e incluso puede que el suelo. Se siente desgraciada, solitaria, y se pregunta a sí misma que porqué ha sido ella la elegida para haber vivido esta vida lleva de dolor. No lo comprende. No sabe en qué punto se equivocó, ni siquiera sabe si alguna vez se equivocó. Siempre ha sido -y es- una persona muy correcta, estudiosa, educada... Quizá sea ese el problema.
Se detiene de pronto, bruscamente. Agita su cabeza exageradamente, como si deseara que de esa forma sus pensamientos volaran de su cabeza, y la dejaran tranquila. Antes de darse cuenta, ya ha llegado a los primeros arbustos de la parte más baja de la pequeña montaña. Esto la reconforta, aunque una parte en lo más hondo de su cuerpo siente un pequeño escalofrío. Mientras continúa subiendo, piensa en lo que ha pasado para llegar a tomar esta decisión.
Evidentemente, no la tomó a la ligera. Pero llegó un momento en el que creyó que su pobre corazón no aguantaría más. La duele. Cada segundo en el que se burlan de ella, la insultan, pegan, humillan e incluso fuerzan duele como si de una muerte misma se tratase. Con cada golpe del destino siente que sus pulmones se quedan sin aire. Siente náuseas, siente mareos momentáneos, pero sobre todo, siente soledad.
Ha acudido a numerosos psicólogos- tantos que apenas puede recordar sus nombres- a lo largo de su vida. Todos la diagnosticaban lo mismo, depresión. Siempre que recuerda esa palabra se echa a reír. Depresión... ¿De qué sirve ponerle un nombre si no pasa? ¿Si realmente tiene esa supuesta “depresión” desde que la alcanza la memoria?
De pronto, siente una brisa gélida que la saca de sus pensamientos. Se da cuenta de que por fin ha llegado. El acantilado. Recuerda aquella noticia hace meses que hablaba de un hombre que había muerto al tirarse por este, y haberse partido el cuello al aterrizar con las afiladas piedras que se encuentran a unos 100 metros más abajo. Deja la mochila en una piedra que se encuentra en un pico saliente desde el que decide asomarse. Siente la brisa acariciar sus cabellos cuando asoma su cabeza al gran abismo. Su corazón se dispara, pero a ella no la da miedo. Por fin todo ha terminado. Quizá ahora sea feliz. Quizá ahora lo sea de verdad y pueda sonreír por primera vez en 4 años.
Da dos pasos hacia atrás con dirección a su mochila. Saca de ella la carta que le ha escrito a su madre, y que realmente espera que alguien la entregue, posiblemente la policía. La lee comprobando que expresa en ella todas sus razones para llegar a tomar esta decisión, que evidentemente no tiene vuelta atrás. La recuerda a ella, hace no más de una semana, acunándola entre sus brazos y consolándola. Recordándola las cosas tan bellas que tiene la vida, y diciéndola que esto tan solo es una mala racha. Pero está harta de promesas que no se cumplen. De cumplidos que en realidad son solo para reconfortarla. De cuentos de princesas que tan solo son de eso, de princesas. Y sobre todo, de que todo esto lo haya tenido que pasar ella, y más aún, sola. Porque es así como se siente. Sola, triste, desnuda, desprotegida...
Deposita la carta encima de la mochila y pone una pequeña piedra encima impidiendo que esta pueda echar a volar a causa del viento. Mira hacia el cielo y estira los brazos hacia él. A pesar del viento que hace, el sol es muy agradable para ella, teniendo en cuenta que hace semanas que no salía de casa. Siente una repentina necesidad de descalzarse, y no repara en hacerlo. Sin sus viejas botas se siente más libre, más diferente, más como aquella persona que siempre quiso ser y que ya nunca será.
Da un paso hacia delante. Algo dentro de su cabeza la dice que se detenga, pero ella lo ignora. Da otro paso, su pulso se acelera. Sus ojos se cierran de pronto, y sus piernas flaquean instintivamente. Intenta ignorarlo también, aunque esta vez la cuesta más esfuerzo. Abre los ojos muy despacio y contempla su posición actual. Sabe que está a un paso de que todo termine. Su vida, sus esperanzas, sus sueños. Siempre quiso ser periodista, aprender muchos idiomas, viajar a lugares como China, Brasil e incluso Australia. Pero no quiere. No se siente con fuerzas de hacerlo. Ella no debió nacer. No quería. No quiere. Y ahora va a cumplir sus deseos.
Respira profundamente. Las lágrimas comienzan a escaparse de sus ojos. Ésta vez no quiere detenerlas. Sabe que serán las últimas. Cierra los ojos suavemente, para permitir que dentro de ellos se vean los destellos anaranjados del sol. Despega sus labios despacio, muy despacio, y pronuncia de forma pausada:
“Lo siento mamá. Esto no era una mala racha. Tienes razón. En la vida hay cosas realmente maravillosas. Pero mis 15 interminables años de vida me han demostrado que ninguna de ellas me corresponde...”
De pronto el rostro de su madre triste le viene a la mente. No puede soportarlo. Quizá se esté volviendo loca, pero no la importa. Cierra de nuevo los ojos, para contemplarla con mayor claridad, y susurra:
“No te sientas mal por mí, no merezco la pena. De verdad que la culpa no es tuya, es mía”.
Con la misma rapidez que la vio la ha dejado de ver. Vuelve a derramar sus lágrimas sin llanto. Respira de nuevo. Pone su mano derecha en su estómago y la izquierda en sus labios. De pronto, susurra de forma prácticamente inaudible:
“Te quiero. Solo espero que tú si seas feliz”.
Derrama su última lágrima sobre su mano y la coloca sobre sus ojos. Da un paso. El paso definitivo. Vuela de pronto. Se siente libre, feliz. Sabe que será su último recuerdo, si es que en realidad podrá recordar algo. Este es el final. El final de su tristeza.Y allí, mientras su cuello está a tan solo unos segundos de partirse, derrama su última lágrima, antes de abandonar su cruel vida.
Tú. Mariposa de sueño. Tú que siempre intentas volar pero olvidas como hacerlo. Tú que estás sola, sola acompañada por tus alas, alas grises y oscuras. Tú que siempre esperas y velas por ellos. Tú que te esfuerzas por encajar en este mundo sin obtener resultados. Sí… Yo te entiendo. Eres como una nube. Siempre estás ahí, cuando no estás nadie nota tu ausencia. Te duele, todo lo que hay alrededor duele. En tu mundo solo hay rosas. Rosas, de vivos colores, preciosas. Rosas que lo único que hacen es causar daño, que cuando menos te lo esperas sacan esas espinas ocultas… Pero qué voy a decirte que no sepas, tú tienes muchas heridas por ellas. Heridas que no tienen cura, que siempre estarán abiertas. Ni siquiera sabes explicarlo, tan solo vuelas. Vuelas con destino a ninguna parte. Un viaje sin retorno en busca de una felicidad que jamás encuentras. No hay marcha atrás. Lo has emprendido. Uno no se detiene en mitad del camino. Sigues, sigues por costumbre, por obligación… Pero no por deseo, ya no deseas encontrar nada. Y así es tu vida. Algún día morirás, posiblemente en mitad del camino. Morirás sin haberlo recorrido, sin haber saboreado el manjar que recompensa el esfuerzo, pero para ti será un alivio. El descanso de no sentir nada será un alivio. Y no hay nada que puedas hacer, lo siento. La estrella que velaba por ti te ha olvidado.
Nota: Recomiendo leer el texto con la primera canción de mi ipod puesta, River flows in you.